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Decadencia

Salgo de la oficina de empleo tras soportar una interminable cola y veo que, lo que hasta ese preciso instante había considerado un interminable despropósito, no era más que una ínfima parte de la surrealista cola de espera que mis semejantes forman, una especie de oruga gigante que, con aplomo y desidia, avanza lentamente desde la inmundicia hacia la nada.

Compro, como guiado por una irónica mano, apéndice del destino, un periódico en el kiosko del barrio; y digo bien El kiosko, pues los otros tres que había, han desaparecido. El ejemplar de celulosa, que por cierto hubiera sido más provechoso en su estado original de árbol, está impregnado por una tinta que relata todo aquello que nunca quise leer, todo aquello que nunca quise imaginar que fuera posible, mas es en este preciso momento de sensibilización en el cual cada una de las palabras carga una bala más en la recámara de mi rencor hacia los corruptos políticos; corruptos todos ellos: izquierda, derecha, norte, sur, blanco, negro, todos forman parte de la misma miserable estirpe fruto de una caterva de vanidosos egoístas que no saben mirar más allá de su ombligo; yo, mi, me, conmigo.

Corruptos son los que delinquen, más corruptos los que les defienden, pues es claro reflejo de que ellos también delinquieron, pero sobre todo corruptos aquellos que les condenan, pues habiendo formado parte de tan ruín gesta, de tamaño insulto a nuestra inteligencia, ahora corrompen su propia corrupción y se presentan cual santos, espada justiciera en mano, desdeñando esa complicidad que antaño guardaban con sus amiguetes de fechorías. Corruptos y cobardes, no tienen el valor de aceptar sus propios hechos con honor, sólo saben causar dolor y huir sin temor puesto que sin emanar ni una gota de sudor, saldrán impunes gracias a un juez traidor que deshonrará su toga por el vil metal y poner un cero más en su contador.

Impune, inmune, inmundo; su semejanza ortográfica no es fruto de la casualidad, van en un unión y dan como resultado la realidad que nos aborda y no deseamos. Todos los políticos son escoria, sin excepción. La muerte sería un destino demasiado justo, una catarsis que les exoneraría de todo crimen, a la par que los convertiría en mártires de la santa inquisición callejera. Su ignominía se merece el mayor de los desprecios, la indiferencia; enterrados en el olvido y con un billete de sólo ida hacia la más inmunda de las mazmorras, despojados de todo aquello que les hace sentirse superiores, sin sus trajes robados, coches pagados con dinero público, tarjetas con extractos en cuentas divinas, orgías subvencionadas por ti, lector, fama inmerecida e innegables delirios de grandeza, su propia paranoia acabaría ajusticiándoles, reduciendo todo su poder a una asquerosa bola de grasa y pelo sin más protección que unos arapos con rayas negras y blancas.

Que tu ira y desprecio caiga con perseverancia sobre sus nombres; ni un momento de flaqueza, ni un momento de debilidad, sin piedad, uno tras uno, ejecutando su condena a cada uno de ellos, dejando la resignación a un lado, reivindicando aquello por lo que cada mañana te despiertas.

Nunca volveré a creer en la política.


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